sábado, 27 de agosto de 2011

Entrevista a Osvaldo Bayer

Por Carla Catalana, Daniela Novick y Nayla Zarate

¿Cómo se definiría de acuerdo a las palabras que rodean a su figura: anarquista, historiador, escritor, periodista?
Una cosa es la ideología y otra el oficio. Me considero historiador, ensayista, periodista. Mi oficio es el de escribir. Por ejemplo, Rainie y Minou es una obra literaria, una historia que es absolutamente cierta pero escrita como novela porque una historia intima no se puede hacer con documentación científicamente sólida, hay que describirla en otro idioma. Con respecto a mi ideología, creo que la sociedad tiene que llegar a un socialismo en libertad, jamás una dictadura del proletariado. El socialismo en libertad es la única manera de administrar los bienes del mundo, para acabar con las rebeliones y las represiones, y las violencias que ha vivido el mundo a través de la injusticia, de los métodos injustos de gobernar.
Para allanar el camino hacia el socialismo en libertad, usted sugiere siempre involucrarse en las organizaciones sindicales, impulsar asambleas. ¿Cuál es el rol que le adjudica al intelectual en este proceso?
El intelectual no tiene jamás que recluirse y alejarse de la sociedad, sino que tiene que tener la libertad de escribir lo que se le ocurra. Pero, también, tiene el deber, cuando hay problemas en su entorno, de salir a la calle. Por eso, siempre comparo a un Rodolfo Walsh con un Jorge Luis Borges. Los dos brillantes escritores. Pero Rodolfo Walsh con ese deber a la comunidad creyó que tenía que salir a la calle y perdió la vida. En cambio, Borges terminó sus días aceptando la condecoración de Pinochet. Y al aceptarla dijo (imitando la voz de J. L. Borges): “Chile, ese país con forma de espada”. No era nada tonto, dijo esa figura como diciendo “si tiene forma de espada, está bien que sea gobernada por militares”. Fue una alabanza a Pinochet. La pregunta es, ¿de qué vale tanta capacidad literaria, tanta genialidad para terminar alabando al peor de los dictadores latinoamericanos? Entonces, creo que hay que reconocer, principalmente, a aquellos intelectuales que se sienten protagonistas en la lucha por una sociedad más justa.  Es lo que hizo el querido Rodolfo Walsh.
Usted se encontró con Rodolfo Walsh por última vez en abril de 1976, ¿recuerda qué fue lo que hablaron?
Nos encontramos nada menos que en 9 de Julio y Corrientes. Hablamos de la situación del país. Él me dijo: “¿qué haces acá? Tenés que irte, no te podés quedar”. Le respondí: “Mira quién habla”.  Él me contestó: “Pero vos escribiste La Patagonia Rebelde” y le dije: “¿Y  vos qué escribiste?” Nos creíamos todos inocentes. Yo no participé en el movimiento de la guerrilla, ni en Montoneros, ni en el ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo). No estaba de acuerdo, para mí no era el método, pero jamás escribí nada contra ellos. Justamente, en esa charla de café le dije: “no comprendo cómo te hiciste peronista”. Rodolfo me contestó: “No te equivoques. Yo no soy peronista, soy marxista ¿pero dónde está el pueblo?” Él pertenecía ya a Montoneros. Yo le dije: “Tenés razón, el pueblo es peronista, sin ninguna duda, pero no es revolucionario, no los va a acompañar” y él me dijo: “Ya vamos a ver”.  Estaba convencido de que el pueblo iba a salir a la calle. Estando en el exilio, me enteré de la muerte de su querida hija, Vicky. Estoy absolutamente seguro y he hablado con Lidia Ferreira, su última compañera, que cuando se enteró de la muerte de su hija ya no quiso vivir más. Ella me dijo: “Tenés razón, ya salía a la calle corriendo todos los peligros”. Después, escribió esa hermosísima carta a Vicky, toda llena de dolor y la carta a los comandantes en jefe, que es la mejor interpretación de la dictadura. Era un genio y eso le costó la vida. Lo hermoso es cómo se lo recuerda. Hubiera sido otro Borges, pero el Borges de la izquierda, luchador.
¿Y cuál es su recuerdo de Julio Cortázar, con quien compartió el exilio?
La última vez que hablamos fue cuando le propuse el plan de volver a la Argentina, durante la dictadura. Pero él estaba tan enamorado que no aceptó venir. Y fue una pena, hubiera sido la primera vez que intelectuales desafían a una dictadura. Yo salí muy dolido aunque tengo el mejor concepto de él. Cortázar era un hombre de una gran bondad. Para mí, su único defecto fue que se fue a vivir a Paris y se quedó allí. Hubiera tenido que seguir acá. Si leen sus últimos libros emplea un idioma que ya no se hablaba en Argentina en los años 60. El idioma cambia de forma impresionante. Tiene libros muy profundos pero creo que hubiera ganado mucho más si se hubiera quedado a vivir acá. Hubiera estado mucho mas adentro del alma argentina.
¿Cree que fue por amor el verdadero motivo por el cual no aceptó volver?
Fue el amor. Lo vi. Su compañera, cuando yo terminé de hablar sobre el plan, lo miró como diciendo “estoy encantada”. Y él me dijo (imitando la erre patinosa de Cortázar): “Yo no quierro que me tirren un tirro en la cabeza”. Soriano me miró diciendo “sonamos”. No hubo caso, no lo pudimos convencer. Los escritores europeos que nos iban a acompañar habían puesto como condición que la delegación argentina la presidiera Cortázar. Hubiera sido extraordinario. Salvo, por supuesto, que nos maten a todos, cosa que no creo porque había empezado la dictadura a ablandarse. Pero esa fue la respuesta de Cortázar y a mí me dio una gran pena porque había perdido seis meses en hacer todos los trámites, ir de país en país, y estaba contentísimo porque iba a ser un acontecimiento del que iba a hablar todo el mundo. Bueno, no pudo hacerse. 
Con respecto a la  amistad que tuvo con Osvaldo Soriano que es muy conocida, en las cartas que se mandaban en el momento del exilio, usted afirma que asistían a reuniones con David Viñas, con León Rozitchner y con “Tito” Cossa. Al momento en que Osvaldo muere, dejan de reunirse. ¿Por qué?
Nos reuníamos en mi casa. Nos llamábamos “El club de los 5”. Nos juntábamos todos los jueves a la noche. Por supuesto, comenzábamos como intelectuales franceses con una botella de Champagne (Risas). Eran reuniones magnificas, extraordinarias. Siempre Soriano caía un rato más tarde y tiraba un tema a la mesa. Era un provocador. Ahí ya empezaba la discusión que terminaba siempre con David Viñas y León Rozitchner parados, discutiendo. Teníamos que separarlos porque de ahí a las trompadas faltaba poco. En ese momento, Soriano sonreía  como diciendo: “He triunfado una vez más” (risas). Un año después de que ya habíamos empezado con estos encuentros, se nos muere el querido Soriano y decidimos no reunirnos más porque nos íbamos a pasar hablando del muerto y queríamos ver a Soriano siempre con vida. Era un hombre de lo mejor, con mucha gracia, con mucho talento humorístico, como sus personajes.
Los griegos tenían como pena máxima al exilio antes que la muerte, y usted mismo lo califica como “el peor castigo”. ¿Qué reflexiones puede hacer al mirar con distancia los distintos exilios que le tocó hacer?
Yo a los exilios los sentí como una gran injusticia. Más todavía, que había logrado, con mis tres primeros libros, ser un escritor conocido y estaba dedicado a la investigación histórica. En esos ochos años, yo no pude investigar sobre los temas que quería tocar. Además, lo sentí como un llamado a la solidaridad y me dediqué a la denuncia de lo que estaba ocurriendo en la Argentina. He viajado por toda Europa dando conferencias sobre el sistema de desaparición de personas y publicando en revistas del exilio. Fueron años dedicados a la campaña por los derechos humanos. Eso me mantuvo en vilo. Pero lo sentí como una gran injusticia. ¿Con qué derecho esos militares, asesinos, esa repugnancia, me echaban? Además, el exilio nos cambió totalmente la vida porque mis cuatro hijos comenzaban los estudios, de manera que entraron en la universidad, estudiaron, se recibieron y se casaron allá. Los diez nietos que tengo nacieron en Europa y mi esposa decidió quedarse. Con toda razón, porque a uno le gusta vivir donde viven los hijos y los nietos. Pero yo sentí como un deber el regreso. Por eso esta vida que hago: ocho meses en Argentina y cuatro meses en Europa. Esto de vivir mitad en un lado y mitad en otro es como no vivir en ninguno. A pesar de eso, lo hago porque siento un deber hacia la Argentina. Pero no me quejo, porque pienso en los queridos amigos que perdieron la vida y, más todavía, en aquellos que perdieron a sus hijos como el querido Juan Gelman. Mientras que yo tuve la suerte de salvar a mis hijos y a mi mujer.
¿No se arrepiente de haberse exiliado? Muchas veces está el debate entre “el que se fue” y “el que se quedó” sabiendo el peligro que corría.
Bueno, en eso hay un error muy grande en la gente. El Dr. Alfonsín, en vez de hablar de los exiliados, dijo: “Los que se escaparon”. Yo no me escapé. Primero, tuve que irme porque acá, si entraban a tu casa,  te mataban a tus hijos. Después, tuve que irme para mantener a mi familia en el exterior. Tercero, yo no participaba de la guerrilla ni de la política de estos organismos, sino que yo tenía otra tesis. Yendo al exilio podía, por lo menos, ejercer el uso de la palabra mientras que acá estaba todo prohibido. No fue de ninguna manera cobardía y lo demostré volviendo. Pero estoy muy contento de haberme ido porque pude seguir luchando. Aquí tendría que haber estado escondido. Los que habían tomado la línea de la lucha armada, como el querido Rodolfo Walsh, no podían irse, porque se habían comprometido con sus compañeros. Pero yo no estaba en esa línea.
Usted dice que no está de acuerdo con las tesis de las guerrillas y siempre cuenta la anécdota de cuando se encontró con el “Che” Guevara en Cuba, y él le explicó cómo habría que hacer la revolución en la Argentina. ¿Qué cree de su figura?

Evidentemente, es un héroe del pueblo. Él podría haber vivido tranquilamente en la Argentina, ejerciendo su profesión de médico y prefirió la lucha. Puso todo allí, puso su vida. Es un verdadero revolucionario. El problema fue que pensó que lo de Cuba se podía hacer también en Argentina, en Bolivia, en otros países. Pero, después de la revolución cubana, Estados Unidos y los demás se armaron en la lucha antiguerrillera. De cualquier manera, yo jamás lo voy a criticar. Él hizo la revolución, yo no hice ninguna.  

En la entrevista con Nicolás Wiñazqui en el 2008, él le pregunta cuál es su opinión acerca del gobierno de Cristina. Usted responde que es muy pronto para juzgarla. ¿Qué cree actualmente?
Yo creo que,  comparándolo  con la línea de los demás partidos políticos, ha sido lo más positivo que hemos tenido en los últimos años. Pero, desgraciadamente, hay mucha corrupción. Hay que terminar con la burocracia sindical y el mandato de sus dirigentes, que no tiene que ser de más de cuatro años. Hay un montón de cosas que demuestran que no somos democráticos, por ejemplo, la existencia de villas miserias  y del hambre de nuestros niños. También, el  no reconocimiento de los pueblos originarios, de sus tierras y de sus derechos. No tenemos que solamente aplaudir, si no también ejercer nuestro derecho a la crítica.

Usted ha dicho que, en general, los argentinos no votamos programas, sino slogans, caras conocidas. ¿Qué se podría concluir al respecto de esta primer experiencia de las primarias? ¿O usted piensa que las elecciones en realidad no sirven como termómetro para saber que  tan bien o que tan mal está la democracia?
No realmente. Por ejemplo, la democracia ha estado muy mal en la represión de los pueblos originarios, en no reconocer sus tierras comunitarias, lo que se ha hecho con los Qoom, que han tenido que venir a la Capital Federal y hacer huelgas de hambre. Realmente, es vergonzoso para la democracia argentina. De manera que, nos falta mucho para vivir en democracia. También, la corrupción es grande, el problema de la policía, la violencia que hay en nuestras calles. Todas estas cosas hay que decirlas. La falta del concepto democrático lo demuestra Capital Federal: la gente vota a Macri, ultraconservador. No se votan conceptos, no se votan programas, sino que,  tal vez, se lo elige porque este señor Macri, aparece en la revista Gente, ha tenido muchas mujeres y es hijo de un multimillonario. Jamás ha escrito un libro sobre el concepto de lo que tiene que ser una ciudad, nunca ha hecho un ensayo de politología o sociología.
Para finalizar, ¿Cree que en su vida tiene cosas pendientes que resolver?
El mundo es demasiado complicado como para querer que se resuelvan las cosas. Yo lo que quisiera es ver que se busque en nuestro país un camino seguro para una especie de socialismo. Un socialismo en libertad. Lo espero, pero como dije, hay mucha corrupción en nuestra sociedad.